El caso de las baldosas flotantes

Dicen que en Buenos Aires hay que caminar mirando el suelo. Y si no se lo creen, lean el apartado Peligros y advertencias del capítulo sobre la metrópoli en la guía de Argentina editada por Lonely Planet: “Si se toman las mínimas precauciones, la única molestia que sufrirá el viajero será recibir el cambio incorrecto en una tienda, tropezar con baldosas sueltas en las aceras, pisar alguno de los omnipresentes excrementos de perro o ser arrollado por un conductor de autobús imprudente”. Tampoco es para tanto, dirán ustedes, porque no son características exclusivas de las calles porteñas el riesgo de las baldosas flojas o los excrementos perrunos. Ahí están, por ejemplo, las antológicas paciencia madrileña con obras sempiternas y afición parisina al paseo canino. Y tienen razón, pero la proporción se dispara en el Cono Sur, juraíto.  

Una reunión de baldosas flojas delante del Congreso de la Nación. (27/04/2010)

En cualquier caso, un peligro aún mayor se esconde bajo la superficie, por debajo de pringosas defecaciones y descolocados pavimentos: el agua. A causa de las abundantes lluvias y la pulcritud de los porteros, el agua corre por las aceras, se escurre entre las grietas y se acumula bajo las baldosas sueltas hasta hacerlas flotar y, por tanto, igualar, traicioneramente, el nivel de sus estáticas vecinas. Hasta que las pisas, claro. Chof. Entonces, todo el agua, agazapada en su estancamiento, salpica el bajo del pantalón o, aún peor, se cuela dentro del zapato. Chof, aaarg. Es la trampa de las baldosas flotantes. Chof, aaarg, carajo.  

Según Mario Benedetti, en Montevideo “todas las calles conducen al río mar/ de todas las terrazas se divisa el mar río/en prosa se diría que es una península/pero en verso es mejor un barco desbocado/ que se aleja del norte por las dudas” (Ciudad en que no existo, 1977). Presumen de su ciudad, pero los porteños lamentan, precisamente, que se extienda sobre la llanura pampeana a lo largo de las orillas del Río de la Plata y, sin embargo, viva de espaldas al agua. Por ello, envidian sin disimulo a sus hermanos uruguayos, que en la orilla opuesta disfrutan del frente fluvial en plena capital, y huyen hacia las costaneras o el delta siempre que pueden. No obstante, quizá también Buenos Aires sea un barco, aunque despiste su apariencia o se olviden sus habitantes. De hecho, el caso de las baldosas flotantes, una incesante pugna del agua con la tierra, demuestra la condición fluctuante de la metrópoli porteña y, aunque ahora permanezca anclada, su anhelo de partir, quiza también desbocada para alejarse con rumbo sur.  

La desembocadura del canal del Este, en el delta del río Paraná, enmarca el atardecer sobre la capital porteña. (18/02/2010)

Siempre habrá vasos vacíos
con agua de la ciudad
la nuestra es agua de río
mezclada con mar
levanta los brazos mujer
y ponte esta noche a bailar
que la nuestra es agua de río
mezclada con mar 

Vasos vacíos (El ritmo mundial, 1988)
Los Fabulosos Cadillacs  

Post data: Adaptación del texto redactado para su lectura en la tercera fecha de la actividad Narradores sueltos dentro del programa de la casa cultural Caleidoskopio. 

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2 Responses to El caso de las baldosas flotantes

  1. Maryta dice:

    Pensaba que ya no zumbábais, con ese trajín de vida que lleváis.
    Os seguimos la pista (aunque no es fácil)

  2. Pensar que yo vivo acá desde que nací y recién me doy cuenta cuando viene un español, y en menos de un año me revela el secreto.

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