Cuadrilátero de rock and roll

“¡Buenas noches, cabrones! (…) Teníamos muchísimas ganas, desde hace tiempo, de venir a Buenos Aires y tocar aquí, escenario de grandes conciertos y combates de boxeo. ¡Que tiemble el Luna Park!” Tras arrancar mediante una canción con pugilística campana inicial y oportunas frases posteriores (“…bienvenido al club de los imposibles/ de balas perdidas con siete vidas/ tenemos prisa por llegar…”), el músico zaragozano Enrique Bunbury expresó en el saludo de su recital el anhelo común de múltiples artistas por triunfar en la mítica sala porteña, aunque no sobresalga ni por arquitectura ni por acústica. Obvio, allí, en un extremo de la cultural calle Corrientes, junto al elitista Puerto Madero, cerca de la reivindicativa plaza de Mayo y de la presidencial Casa Rosada, triunfaron los más grandes, desde Frank Sinatra, Luciano Pavarotti o Julio Iglesias a Mark Knopfler, Oasis o Judas Priest. Sin embargo, aunque ahora truene el rock and roll, antes resonaban los puñetazos, como recordó el líder de la extinta banda Hérores del Silencio. De hecho, el origen del estadio, allá por 1931, y su principal actividad durante décadas, en las que se disputaron hasta 23 títulos internacionales, fue el boxeo.
Los fundadores del Luna Park, el ex boxeador amateur José Lectoure y su amigo Ismael Pace, lograron techar las iniciales gradas y ring al aire libre dos años después de su inauguración y, tras diversas remodelaciones, el cuadrilátero se transformó en un estadio cubierto con capacidad para 23.500 espectadores en 1960. Entre medias, infinidad de noches de campanas, aplausos, silbidos, golpes, sudor y sangre. Entre otras veladas, a finales de 1945, debutó como profesional en el Luna Park José María Mono o Tigre Gatica, “uno de los mayores ídolos que tuvo el boxeo argentino”, según el periodista y escritor Osvaldo Soriano. “Esa noche, su triunfo por nocaut en la primera vuelta frente a Leopoldo Mayorano no puso al público de pie, ni lo irritó. Comenzaba su carrera un hombre de rabia larga, de ambición fresca. (…) Sus ojos verdes habrán visto a la multitud con el brillo del desafío. Bastó un golpe para que Mayorano, su rival, fuera a la lona”, recuerda Soriano en el relato Un odio que conviene no olvidar, la historia del ascenso y desplome de un limpiabotas transformado en púgil de éxito hasta su derrota en el primer asalto del combate contra el estadounidense campeón mundial del peso ligero Ike Williams. Del Madison Square Garden de Nueva York a una chabola arrabalera, dependencia de la caridad y, finalmente, muerte accidental a los 38 años de edad, atropellado en plena borrachera por un autobús a la salida de la cancha de Independiente de Avellaneda. “Había terminado su vida en una parábola perfecta de humillación; ‘una bala perdida’, como solía decir él”, sentencia Soriano.
Incluso parte de la existencia del deportista argentino por excelencia, también acostumbrado a oscilar entre éxitos y fracasos (“blanco o negro, pero nunca gris”, según él mismo), se vinculó al Luna Park, pues el futbolista Diego Armando Maradona cambió el césped por la lona para celebrar allí ante más de un millar de invitados la fiesta de su boda con Claudia Villafañe. Fue en 1989, tres años después de que El Pelusa se convirtiera en D10S al liderar a la selección argentina para triunfar en la Copa del Mundo de México, y el enlace duró hasta 2003. Y aunque no se casaron allí, la pareja clave de la historia política y social de Argentina en el siglo XX también se gestó en el Luna Park, ya que el entonces coronel Juan Domingo Perón y la actriz Eva Duarte, Evita, se conocieron en un festival benéfico organizado en el recinto a principios de 1944. También allí, miles de argentinos lloraron durante los funerales por los cantantes Carlos Gardel (1935) y Julio Sosa (1964), aplaudieron la victoria de su selección de baloncesto frente a Estados Unidos en la final del campeonato del mundo (1950) o rezaron en una eucaristía junto al Papa Juan Pablo II (1982).

Doble Luna

El satélite terrestre se asoma sobre el estadio bonaerense (4/11/2009)

Deporte, música, política y religión. Gran parte de la historia de un país bajo el mismo techo. Por todo ello, el Gobierno de Argentina declaró, en febrero de 2007, el recinto como Monumento Histórico Nacional. De acuerdo al decreto 12/07 de la Secretaría de Cultura de la Nación, “con el Madison Square Garden neoyorquino y el Palais des Sports de París, el Luna Park constituye uno de los edificios más representativos de su época”. No en vano, según se subraya en la propia página del estadio en Internet (www.lunapark.com.ar), “el Luna tiene un pedazo de cada uno de nosotros, de nuestros padres y abuelos, un recuerdo, un momento. Esa es su magia y su principal capital”.

Este Land Rover aparcado en tu puerta,
la rueca de Penélope en el Luna Park,
este sueño que sueña que se despierta,
esta caracola muerta
sin la gramola del mar.
No abuses de mi inspiración,
no acuses a mi corazón
tan maltrecho y ajado
que está cerrado por derribo.

Nos sobran los motivos (19 días y 500 noches, 1999)
Joaquín Sabina

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2 Responses to Cuadrilátero de rock and roll

  1. ana camino dice:

    me mola¡¡¡

  2. Ata dice:

    Poeta. Si es que estás hecho un poeta, sasoncito…
    Grande Camino. A ver si un puto día de estos mando todo a tomar por culo y me doy un salto a verte.

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