Yo Riau-Riau

“A las cuatro, el seis de julio,
Pamplona gozando va
pasando calles y plazas,
las Vísperas a cantar
al glorioso San Fermín,
patrón de esta ciudad,
que los pamplonicas aman
con cariño sin igual.
Delante van
chiquillos mil
con miedo atroz
dicen ‘aquí’:
un cabezón viene detrás
dando vergazos y haciendo chillar.
Riau,riau”

No aparecía nunca en el programa oficial de fiestas. Al Riau-Riau no le hacía falta. Tenía, como los propios Sanfermines, ese carácter de acontecimiento festivo espontáneo, de profunda expresión del pueblo de Pamplona. Ya desde el último tercio del siglo XV existe constancia de que las autoridades locales acudían, con acompañamiento popular, a una celebración litúrgica la víspera del día de San Fermín. Paseo de apenas quince minutos entre la plaza del Ayuntamiento y la capilla del santo patrón, en la iglesia de San Lorenzo. Corporación consistorial vestida de gala y acompañada por una comitiva de clarineros, timbaleros, maceros, libreas y guardia municipal. Delante, la Comparsa de Gigantes y Cabezudos y la banda de música La Pamplonesa. A través de las calles del actual Casco Viejo y, desde principios de siglo, al son del Vals de Astráin.
Y en 1914, por fin, el Riau-Riau. Se cuenta que aquel año un carlista coreó el Vals al grito de “riau, riau” para obstruir la marcha de un Ayuntamiento de diferente signo político. Desde entonces, una multitud de mozos de Pamplona saltaban y empujaban, una y otra vez, al compás de la incesante música con el único objetivo de obstaculizar el camino a la comitiva municipal. Un pulso entre la autoridad y el pueblo.
Durante sus primeras décadas, el Riau-Riau nunca superó la hora y media. Pero a mediados de los años sesenta, la duración comenzó a dispararse y en repetidas ocasiones se suspendió la marcha. Sectores radicales del público impedían violentamente cualquier avance de la comitiva municipal. En 1980 La Pamplonesa tocó el Vals de Astráin 170 veces antes de llegar a la función de Vísperas cantadas, cinco horas y 25 minutos después de la salida del Ayuntamiento. Una de las últimas veces que el Riau-Riau llegó a terminarse fue en 1985, tras tres horas y media de vaivenes y ya completamente desvirtuado. Y en los último años ha sido sucesivamente suspendido con numerosos altercados de por medio.
Sin embargo, desde los primeros incidentes, parte del público unió su esfuerzo al de la comitiva municipal en el intento de mantener viva la tradición. De nuevo un pulso, esta vez con el pueblo dividido: unos en solitaria minoría y otros hombro a hombro con la autoridad. Y esta es la historia de dos mozos pamploneses, rescatados de entre esa anónima multitud, que expresan su postura sobre algo más que una costumbre.

Javier, el optimismo militante
Dos brazos que asustan enmarcan un pecho inmenso. Y en su centro, sobre una camiseta gris de manga corta, un colgante de plata. La silueta de la Comunidad Foral con el escudo navarro en su interior. Javier del Castillo nació en Pamplona hace 22 años. Hoy ha tenido un examen, “bien, era una de las marías de Industrial”, y después ha ido a nadar. Pelo largo, moreno, muy moreno. Y así, enmarañado como lo lleva, tiene aire de revolucionario, pero revolucionario romántico y sosegado. Los cabellos armonizan con dos ojos oscuros y pequeños. Su mirada, dinámica como él, viaja continuamente del infinito a lo más cercano. Ahora, cuando habla sin pausa de su tierra, la boca se le queda pequeña para expresar tanto orgullo.
Para él, “el Riau-riau es una tontería, no es un acto fundamental de San Fermín. Se ha convertido en importante porque los de HB han ido a reventarlo, a bloquear a la comitiva, a escupir y a pegar a la gente”. Además, el escenario del acto favorece a la minoría radical, porque las calles por las que discurre son muy estrechas y tan sólo 30 o 40 personas pueden obstruir el paso de toda la marcha. Delante del zaguán del Ayuntamiento, “con 50 tíos en primera fila y que no dejan ni salir a la corporación municipal, sientes impotencia porque ellos están más organizados que tú y no puedes hacer nada”.
En su opinión, costará muchos años recuperar esta tradición. Actualmente, “hay dos soluciones. Se puede dejar correr el tiempo, que va en contra de ellos, o provocar una solución rápida, que puede desembocar en un conflicto y les daría alas. Pero, la verdad, es que no interesa alentar un batalla campal por algo que no es prioritario”. La situación sería diferente si se intentará boicotear el chupinazo, la procesión o los encierros, “pero con eso no pueden, aunque lo intentan, porque la gente no les deja”.
Reconoce que lo abertzale está muy presente durante San Fermín, sobre todo por su presencia en las peñas. “Por eso no defienden el Riau-Riau, HB les mete caña y no les deja. En general, están muy manipuladas, porque son muy politizables. Sólo con 10 o 15 tíos dedicados a eso controlas la asamblea de una peña. Es normal, ellos van a manipular, es su especialidad y viven de eso”. A pesar de todos los incidentes, afirma con rotundidad que no se rompe el espíritu festivo, se mantiene intacto.  “En absoluto se ha convertido en algo político, es una fiesta abierta a todo el mundo. Los navarros, la gente castiza, es muy pacífica, muy discreta y educada, con unos fuertes sentimientos interiores”.
Sin embargo, expresa con rabia una sola queja: “Me pone histérico la gente de aquí que pasa, que en general no se moja para nada hoy en día”. Para Javier lo fundamental es demostrar con hechos el rechazo a la violencia, en la calle, en las manifestaciones. “Además de ser lo más adecuado, es que no tienes otra manera”. Y por eso critica la pasividad de la sociedad navarra. “La gente tiene miedo de que les fichen y les pillen por la calle”. Él cuenta que, desde el principio, acudió a las concentraciones organizadas por Gesto por la Paz en la plaza del Ayuntamiento para rechazar las acciones de ETA. “Sólo éramos 30 personas y enfrente había 300 de HB que nos miraban con cara de odio, nos insultaban y nos tiraban tornillos o bolas de goma”.
Apuesta por un hacer “un vacío total” al entorno radical. “Yo le he retirado el saludo a mucha gente, porque no sé cómo pueden apoyar lo que están apoyando, y sé que les duele sentirse rechazados”. Y continúa. “El nacionalismo actual no lucha por la tierra, la destruye. Además, nacionalismo es fascismo por naturaleza, porque es querer imponer tus ideas”. A pesar de todo, sus palabras incesantes suenan a optimismo. No lo niega. “La minoría seguirá siendo una minoría. En Navarra va hacia abajo en picado, no hay más que coger los resultados de las elecciones. Pero, ¿hasta cuándo aguantarán? Yo que sé”.

Joaquín, la leyenda de un apellido
“Qué hago yo aquí/ qué hago yo aquí/ si el lunes tengo un examen/ qué cojones hago aquí”. Es 6 de junio, día de Escalera. La última etapa de los musicales uno de enero, dos de febrero, tres de marzo y compañía. Fechas en las que numerosos peñistas pamploneses celebran el camino, ahora la proximidad, a San Fermín. Alrededor de una docena de socios de la Peña Mutilzarra (mozo viejo o solterón en vascuence) disfrutan además de su peculiar encierro. De vez en cuando, de manera espontánea,  siguen el mismo recorrido que los toros y mozos durante las fiestas. Pañuelo rojo al cuello, bailes, canciones y paradas obligatorias en todos los bares del itinerario para echar el preceptivo potecico. Cuesta de Santo Domingo, plaza del Ayuntamiento, calle de Mercaderes y Estafeta. Un impresionante jolgorio de habitualmente tres horas de duración.
Entre ellos, Joaquín Baleztena. Pamplonés de 27 años y médico en Estella. “Joder, si me vieran mis pacientes en este estado…” Es muy menudo. Tanto que, en un instante, cuatro o cinco compañeros lo levantan sobre sus cabezas y abandonan el bar, camino del siguiente, al ritmo de una improvisada marcha fúnebre. A pesar de su apariencia frágil, es el más movido. Un verdadero terremoto, anima el ambiente como un niño revoltoso. Pero sus dos ojos claros y pequeños, también saben mirar con seriedad. Y más con esta conversación.
Recuerda que ya de niño, a hombros de su padre, acudía a la plaza del Ayuntamiento todas las vísperas de San Fermín. “Todo el mundo con los brazos en alto y, después, de repente, el primer chunda. Era algo que se sentía mucho”. No en vano, su apellido es toda una institución en las fiestas de la capital navarra. A principios de siglo, su abuelo, Ignacio Baleztena, fue el primero en entonar un “riau, riau” al final de los acordes de La Pamplonesa. De forma natural, castiza. Simplemente para obstruir el paso de un Ayuntamiento que no era carlista como él. Pero fue una reacción espontánea que se impondría como costumbre con el paso del tiempo. Una herencia de su abuelo y que Joaquín aprendió sobre su padre, por lo que en su casa “siempre lo han vivido mucho, pero, más o menos, igual que todo el mundo en  Pamplona”.
“Primero, la intención era obstaculizar la marcha en plan gracia; después, retrasarla para conseguir un récord de duración; y, en los últimos años, fue degenerando. El Riau-Riau se politizó por el problema del separatismo en Navarra y el País Vasco”. Y por el momento, Joaquín no divisa una solución a corto plazo. La cercanía de la sede de HB y su actuación organizada favorecen el objetivo de la minoría radical. “Ellos tomaban enseguida las primeras filas, repartían guantazos y los demás sólo podíamos empujar para intentar que la cosa avanzara”. Sin éxito. “Quienes quieren impedir algo lo pueden hacer más fácilmente que los que queremos sacarlo adelante”.
El año pasado, la Peña Mutilzarra organizó el llamado “Riau-Riau alternativo”. La tarde del 6 de julio, acompañados por una charanga que interpretaba el Vals de Astráin, recorrieron el itinerario de la corporación, pero “sólo a título individual y para pasarlo bien”. Joaquín señala que recibieron mucho apoyo de la gente: “Se asomaban a los balcones, aplaudían, se unían a nosotros. No encontramos oposición porque, simplemente, no representamos nada”. En su opinión, las peñas apoyan el Riau-Riau, pero no pueden controlar las ideas y acciones de todos sus miembros. Por su parte, Mutilzarra, de 6 años de antigüedad y alrededor de 100 socios, no entra en cuestiones políticas. No es su función, sólo forman una cuadrilla, un grupo de amigos que se juntan para pasar un buen rato y compartir su sentimiento sanferminero. “En las fiestas la gente sólo quiere divertirse, pero siempre hay alguien que las utiliza para algo más”.
Se expresa con claridad. Sin confusiones, con la limpieza y confianza del que, desde niño, lo lleva todo muy adentro. No le importa hablar, pero mide sus palabras. Se nota que prefiere otra, desea que el ambiente de la Peña, de Pamplona, de la gente, hable por él. “Vente con nosotros, luego tenemos cena”.
“Después vienen los muchachos
en un montón fraternal
empujando a los gigantes
con alegría sin par,
porque llegaron las fiestas
de esta gloriosa ciudad,
que son en el mundo entero
una cosa singular.
Riau,riau”
Sólo dos personajes, dos historias. Quizá, apenas representativas o carentes de significado. Quizá. Pero sobre las calles de Pamplona todavía resisten unas cuantas pegatinas. Desde hace varios años, casi descoloridas. Y ahí siguen, sobre farolas, papeleras o señales de tráfico. Fondo blanco, recuadro rojo; uniforme de mozo pamplonica. En su interior, con letras negras, un simple y contundente mensaje. Sólo dos palabras separadas por una silueta roja de San Fermín: Yo (…) Riau-Riau.

Armando Camino
Pamplona, julio de 1998
(leer Vuelo atrás)

votar

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: