Piratas de la UPNA

“Mi amigo murió
en un accidente de circulación,
como un triunfador
con el pie pegado al acelerador;
no vio ese camión
le clavó el volante en el corazón.
Era un campeón
no había rivales para su motor”.

Es la una de la madrugada. Un coche, de color gris metálico, circula por una Vuelta del Castillo desierta. Árboles, gruesos y fuertes como legionarios, desfilan en columna de a uno y pausadamente tras los cristales. En el interior, tres amigos, estudiantes de la Universidad Pública de Navarra (UPNA), y música de Loquillo. Carlos, el conductor, de veintidós años de edad, canta Accidente de circulación. Ritmos tristes y marcados, y la voz profunda y seca del viejo rockero barcelonés. No en vano, al coche le llaman Kadetlac, parafraseando aquella clásica balada de Los Trogloditas.
Colgada del retrovisor del parabrisas se balancea una medida de El Pilar, una tira de tela de la misma longitud que la piedra que se venera en Zaragoza y con los colores de la bandera de España. A diferencia de los otros dos, Carlos no es navarro, aunque ha vivido siete años en Pamplona. Con cara de niño travieso, gafas grandes de pasta oscura y flequillo respingón, se define como español, un trotamundos con piel de toro. Nacido en Castilla, de corazón aragonés, también ha residido en Madrid y La Coruña. Sin embargo, esta noche siente, como Vicente y Álvaro, Navarra. Ellos dos son navarros, de nacimiento, residencia y mentalidad.
A la izquierda queda la plaza de los Fueros y el coche se adentra en la profunda Milagrosa. Así, se acercan a la UPNA, donde estudian todos desde hace varios años. Carlos y Vicente casi han terminado sus carreras, Ingeniería Técnica Agrícola y Magisterio, respectivamente. Mientras, Álvaro, de veintiún años y sonrisa tan ancha que abraza, empieza este año la Técnica Industrial, tras dejar por imposible la Superior. Pero esta noche se dirigen a la universidad por motivos distintos a los académicos. Se ha convertido en su objetivo, en su campo de batalla.

Expresión de rechazo al entorno etarra
“El ambiente de la UPNA está muy politizado, siempre montan las movidas los mismos. Hay algunos que apoyan a ETA, miembros de Jarrai que organizan manifestaciones, convocan huelgas, cuelgan carteles… Son a los únicos que se ve y oye; y nadie dice nada”. Ahora, los tres tienen ganas de desquitarse. Años de silencio, impotencia y rabia contenida. Por eso se han juntado, para demostrar que hay gente que no piensa igual. Quieren colocar una pancarta con sus ideas en las chimeneas de la UPNA. Cuatro estructuras metálicas, base de hormigón y alrededor de cuarenta metros de altura.
La idea, o locura, no niegan que surgió de Vicente. Mirada profunda, del que visto muchas cosas y ha vivido mucho y muy duro, aunque sólo tiene veintitrés años. En el sorteo de la mili, cuenta, le toco Melilla. “Y ya que estaba allí me alisté en la Legión. Después, se armó lo de la ex-Yugoslavia y me marche a Bosnia”. Su voz, alegre pero convincente, expresa seguridad, firmeza, la decisión del que tiene las cosas muy claras. Te lleva, te arrastra, te convence.
“Sólo somos amigos, no un grupo organizado, ni una asociación”. Y de este modo, no responden a unas siglas, ni se agrupan bajo un nombre. Apunta, quizá, una fecha representativa como denominación: 1512. Año de la anexión de Navarra por parte de España, constituida el siglo anterior por la unión de los reinos castellano y aragonés. “Que se dejen de gaitas. Navarra es Navarra, no Euskal Herria. Tenemos muchas cosas en común, pero también otras diferentes. Y no nos gusta lo que están haciendo los asesinos y quienes les apoyan. Y mucho menos, lo que hacen aquí, con esta tierra”. Unidos por sus ideas compartidas, su sentimiento navarro y español a la vez y el rechazo de la violencia terrorista. Y, por supuesto, la amistad.

‘ETA asesina. Jarrai kampora’
Antes de llegar a la UPNA cambian el rumbo y se detienen en una calle a las afueras de Pamplona, de calzada y aceras anchas, pero vacía de edificios. Todos descienden y se dirigen a la parte posterior del coche, en la que destacan dos pegatinas del Ejército español. Los tres visten vaqueros, sudadera o camisa de cuadros y calzan zapatillas de deporte. Uniforme de tres chicos normales, a no ser por los pañuelos de cowboy y gorras que se colocarán después. “Para que no nos reconozcan, por si acaso”.
Abren el maletero para extraer, por así decirlo, su armamento, prepararlo y disponerse al combate. Primero, dos arneses, de los que usan los escaladores. Carlos y Vicente, amantes de la montaña, se los colocan. Álvaro no lo necesitará. Él no va a subir a las chimeneas, se quedará abajo para vigilar el trabajo de sus compañeros. Para guardarles  las espaldas por si aparece algún vigilante jurado. En este caso, la consigna es clara. “Con tranquilidad, pero firme y seguro, se le dice que no hacemos nada malo, que sólo colocamos una pancarta. Si ‘ellos’ pueden ponerlas, nosotros también”.
Ahora, sacan del maletero cinta adhesiva, de la que se utiliza para embalar, y un rollo de cuerda de liza, áspera y resistente. Y por fin, la pancarta. Una superficie plástica de cuatro metros y medio de longitud por uno y medio de anchura. Sobre ella, la leyenda. En letras mayúsculas, negras, ETA, y en rojo asesina. Debajo, más pequeño y todo en negro, Jarrai kampora (fuera, en vascuence). “Seguro que les jode más si está en euskera”. Con la cinta adhesiva refuerzan las esquinas de la pancarta y colocan cuatro tramos de cuerda para colgarla. Parecen pescadores que reparan sus redes. Actúan en silencio, deprisa, pero con mimo. Marineros tierra adentro, de secano.

“Miedo, no. Sólo piensas en subir”
Todo listo, vuelta al coche y hacia  la UPNA. Aparcan en un descampado a escasos metros de la universidad, entre dos enormes camiones dormidos. Paran de golpe, en seco, suena la gravilla y un “joder”. Hay nervios. También ganas. Corren y cruzan la calle, cuatro carriles y mediana, que les separa del aparcamiento universitario. Desierto, mar en calma, calma tensa. En un extremo se recortan las cuatro chimeneas sobre un edificio, alargado, sólo planta baja. Construcción donde se alojan las calderas y la infraestructura eléctrica de la universidad. Velero de cuatro mástiles, a la deriva. Al abordaje.
Álvaro ayuda a subir a Carlos y Vicente a las bases de las chimeneas, bloques de hormigón de cuatro metros de altura. A continuación, escalan cada uno por una chimenea y cada uno con un extremo de la pancarta, la cuerda cogida entre los dientes. Progresan rápidos, con agilidad, gracias a la estructura de tubos metálicos, pero sin asegurarse. Caída libre de cinco, diez, veinte metros hasta el suelo. Sólo cuando lleguen a la altura deseada unirán su arnés, mediante un mosquetón, a un tubo de la chimenea. “Miedo, no. Cuando estás ahí, no piensas en otra cosa que no sea subir y acabar el trabajo”. De vez en cuando, rompen el silencio, pero con palabras cortas. “Más arriba”, “ahora”, “vale”, “asegúrate”, “ya está”. Ya no son pescadores, son piratas que trepan y despliegan las velas del buque perdido a su suerte; ahora, conquistado. Una sola vela que es a la vez bandera, divisa y leyenda. ETA asesina. Jarrai kampora.
Diez minutos o un cuarto de hora después, descienden, se reúnen los tres. Ni un alma. Corren, hay sonrisas. Vuelta al Kadetlac. Se montan y arrancan. Risas y gritos. Carlos, Vicente y Álvaro. Tres amigos, estudiantes, y música de Loquillo. “Alguien semejante le sucederá./ Quizá alguna noche le conocerás,/ tomando unas copas,/ sentado en un bar,/ mirando a las chicas de la nacional./ Mi amigo murió…”

Armando Camino
Pamplona, marzo de 1998
(leer Vuelo atrás

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