Devoción sobre el arcén

El fin del mundo existe. De verdad. Y está en Argentina, por partida doble. Además de Tierra del Fuego, el rincón más austral del mundo antes del congelado continente antártico, la carretera de Tafí del Valle a San Miguel de Tucumán traza, sobre un escarpado saliente de la profunda garganta de los Sosa, una curva de 180 grados tan aérea que no resulta apta para quienes sufran de vértigo. Es el Fin del Mundo, literal y oficial, como constatan los letreros en el arcén. Y hasta esa ruta, tránsito desde la sierra de Aconquija a las pampas de Tucumán a través del verdor selvático de los yungas, se extiende la devoción argentina por dos santos populares: Gauchito Gil y Difunta Correa. Sin canonizar por la Iglesia, el fervor por ambos personajes puebla de altares las carreteras del país y muestra, una vez más, el sincretismo religioso de la doctrina católica con otras creencias populares.
Tras participar a mediados del siglo XIX en la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay, Antonio Mamerto Gil Núñez, Gauchito Gil, desertó del ejército para evitar la contienda civil de unitarios contra federales y sobrevivió prófugo en el campo con el apoyo de los aldeanos, agradecidos por su reparto de las cabezas del ganado robadas a los terratenientes. Sin embargo, la versión argentina de Robin Hood finalizó en 1878 con el apresamiento y ejecución del cuatrero en las afueras de Mercedes, una ciudad de la provincia de Corrientes. Antes de morir, el reo garantizó la curación del hijo enfermo de su verdugo si contravenía las ordenanzas militares al enterrar su cuerpo y rezaba en nombre de Gauchito Gil. La leyenda nació tras el restablecimiento del muchacho y no se detuvo hasta la fecha, con continuas ofrendas populares en los innumerables templos en su honor junto a las carreteras y un masivo peregrinaje cada 8 de enero en conmemoración de su muerte al santuario erigido sobre el lugar del ajusticiamiento.

Deolinda Correa se abasteció de agua y alimentos, tomó a su bebé en brazos y se encaminó desde la aldea de Tama, en la provincia de La Rioja, a la ciudad de San Juan tras los pasos del ejército para interceder ante el gobernador por su enfermizo marido, reclutado forzosamente para participar en las guerras civiles de mitad del XIX. Agotadas las provisiones, la mujer falleció exhausta abrazada a su niño bajo la sombra de un algarrobo. Así fue hallada un día después por dos arrieros y, sorprendentemente, el bebé seguía vivo gracias a la leche mamada de los pechos de su madre muerta, primero de los milagros atribuidos a la Difunta Correa. Todo un pueblo surgió alrededor de su supuesta tumba en Vallecito y miles de fieles, sobre todo camioneros como herederos del oficio de arriero, solicitan su intercesión, con botellas de agua, piezas de automóviles y otros bienes como ofrenda, en la veintena de capillas de la localidad o en los múltiples altares diseminados a lo largo de las carreteras argentinas. Hasta en el Fin del Mundo.

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2 Responses to Devoción sobre el arcén

  1. elsimagico dice:

    Hacía días que no te podía leer, y ahora me he puesto al día de tu recorrido. Sigue, sigue, Silvita.

  2. Lola jb dice:

    Hola Armando y Silvia
    guay vuestro blog ya lo voy viendo.
    darle cariños a la caminito y portaos todos bien
    disfrutar muito
    un río de saludos
    lola jb

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